La fuerza de la fragilidad

27/Ago/2010

La fuerza de la fragilidad

«HERZOG», DE SAUL BELLOW
La fuerza de la fragilidad
Moses Herzog es uno de los personajes más curiosos de la literatura del siglo XX; un hombre tierno y peligroso, que escribe cartas con destinatario pero sin destino, y dibuja su padecimiento con pasos de comedia. Nació de la pluma de Saul Bellow (1915-2005) y como él, pertenece a una familia de inmigrantes judíos rusos establecidos, primero en Quebec, Canadá, y luego en Chicago, Estados Unidos.
Herzog es la novela más famosa de Bellow y recoge sus experiencias en la figura de un alter ego que irradia inteligencia, sensibilidad y sobradas dosis de delirio. Fue publicada por primera vez en 1964 y desde entonces no ha dejado de conquistar nuevos públicos en sucesivas reediciones, como la que acaba de llegar a Montevideo. Durante muchos años Bellow fue profesor en la universidad de Chicago, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1976 y se casó cinco veces. Moses Herzog tiene 47 años (la edad de Bellow en 1962), es un fracasado profesor de filosofía, cuenta con un hijo de su primer matrimonio y con una pequeña niña de su segunda mujer, por cuyo divorcio sufre de un modo inconsolable. Madeleine lo ha engañado con Valentine Gersbach, su mejor amigo, y se han quedado con la niña en Chicago. Él vive en Nueva York, tiene una amante argentina llamada Ramona, ha tenido otras mujeres y ninguna ha podido hacerle olvidar a la fría y bella Madeleine.
El relato avanza con un narrador que encarna una tercera persona solidaria y por momentos toma la forma de una voz de conciencia, se desliza a la primera persona y a las cartas que Herzog escribe a vivos y muertos -amigos, enemigos, familiares, políticos, filósofos, científicos, incluso a Dios-, para justificar sus actitudes, discutir ideas o sacarse las ganas de maldecir a personajes indeseables. A través de ellas y de los vagabundeos de Herzog por Nueva York, Chicago, y una granja ruinosa en Massachusetts, la novela despliega el pasado de Moses y el abanico de recursos con los que intenta sobrellevar su sensación de estar perdido en el rencor, a merced de los favores de sus hermanos, dos prósperos empresarios, y de las mujeres que lo acogen con ternura.
Herzog es algo infantil, temeroso y astuto, pero no especulador, su trato es delicado, tiene una inteligencia muy aguda para comprender las contradicciones ajenas y propias, y ejerce su ingenuidad con una enorme seducción. Hay algunos juegos deliciosos con su pequeña hija, como el Club de los más más: la gorda más delgada y la delgada más gorda, el sabio más estúpido y el más estúpido de los sabios… También retratos minuciosos de las admiraciones que le provoca la odiada Madeleine, entre ellos una sesión de maquillaje matinal que merecería integrar una antología de esas descripciones de asuntos menores que por su precisión, perduran en la memoria cuando del resto de la novela queda una impresión genérica.
UNA MÁQUINA ROTA. Bellow se da muchos permisos a la hora de acompañar a Herzog de un lugar a otro, con la dicha de saber que la fuerza del relato está en el tono y en la libertad de expresar sus ideas, padecimientos y agravios, antes que en la línea del argumento. Pero la trama, anodina y morosa, lleva a Moses a caminar por el filo de un pretil cada vez más reducido. Su amiga Ramona cuenta con todos los encantos para alentarlo a emprender una nueva vida con ella y sin embargo, no es una oportunidad lo que busca Moses. No es un hombre que quiera salvarse y tampoco un hombre que quiera perecer. Está atrapado en una máquina rota.
Gran parte de la felicidad de la novela radica en la construcción del personaje. La desaparición del personaje de la novela contemporánea es un hecho no suficientemente dilucidado. Toparse con Herzog es, también, recordar los grandes personajes de la novela decimonónica, capaces de justificar la historia narrada por el poder de su presencia, manifiesta en su peripecia singular, pero expandida más allá de su letra. A esa condición Herzog suma una curiosa cualidad. Como la realidad narrada asume las formas de la percepción del personaje, el lector confía en que todo ha ocurrido y ocurre tal como lo cuenta. Las cartas que escribe son a veces muy agudas, dueñas de una extraordinaria ironía, y en ocasiones delirantes y confusas. Pueden ser leídas como la excentricidad que se permite un individuo formado en la filosofía, sometido a un abandono amoroso.
Poco a poco, sin embargo, el lector comprende que pueden existir ligeras distorsiones acerca de la intención que Moses adjudica a las personas, y finalmente, que debe revisar los supuestos desde donde entiende lo que lee, envuelto en un fantástico juego que se desplaza con el desarrollo de la novela.
REALIDAD Y EMOCIONES. Más asombroso aún es que las emociones de Moses y la realidad nunca se confrontan ni desmienten. Detrás de los episodios protagonizados por el simpático, sutil y considerado personaje, lo que está en juego es el estatuto de la verdad, y lo que revela esta audaz experiencia narrativa es que la verdad no puede ser separada de las palabras que la buscan y la padecen.
La tradición, la cultura y la mentalidad judías, trasladadas del viejo continente a los Estados Unidos, encuentra en esta novela un énfasis manifiesto, pero la ambición literaria de Bellow no se agota en el retrato de caracteres.
Su ambición es la de un novelista que discrimina la intensidad patética de la profundidad, y conoce que la profundidad no está en las formas de la muerte sino en las vacilaciones de la vida. «En cuanto el pensamiento empieza a profundizar, lo primero a donde llega es precisamente a la muerte», dice Herzog a un amigo angustiado por el tema, y más adelante reflexiona: «Pero ¿cuál es la filosofía de esta generación? No que Dios ha muerto. Eso ya ha dejado de decirse desde hace mucho tiempo. Quizá deba decirse ahora que la Muerte es Dios. La generación actual cree -este es su gran pensamiento- que nada que sea fidedigno, vulnerable y frágil, puede durar ni tener verdadera fuerza». Con esta convicción Bellow parece haber escrito Herzog. Pone de pie la vulnerabilidad de un hombre que padece su propia vida y lo sostiene en la fragilidad, el encanto, el dolor, dentro de las ambigüedades de los hechos y su sentido. Naturalmente, es más complejo que convertir a su personaje en héroe o en víctima.
Sobre el final del texto, que no tiene ningún remate sorprendente, el lector se ha visto envuelto en una historia veraz y falsa al mismo tiempo, sin que importe esclarecerlo, porque tiene la ilusión de haber compartido la intimidad de la mente de un hombre. Pero no son sus dudas las que emocionan. Herzog no tiene dudas. Lo que emociona son sus convicciones y su denodado esfuerzo por defenderse en esa paradójica intemperie. Se supone que un hombre que cree en lo que le ocurre está protegido por su conciencia, pero puede que se trate de un mito y la convicción sea más cruel que la duda.
La traducción tiene algunos ripios notorios como «su libro de usted», «el suyo propio», la utilización de palabras como «chalado» y «majareta», pero afortunadamente son pocos y no malogran el raro, extraordinario gozo de esta lectura.
HERZOG, de Saul Bellow. DeBolsillo, 2010. Bs. As., 431 págs. Distribuye Random House Mondadori.